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Día de Muertos en México: del orgullo de una celebración ancestral al espanto por la violencia

Imaginen que tienen tres, cuatro, cinco años y cada octubre empiezan a escuchar que ya se viene el Día de Muertos, que no hay que olvidarse de poner la ofrenda, que hay que comprar incienso, flores y frutas, preparar mucha comida y encender velas para nuestros muertitos. Sí, solemos referirnos a ellos con un cariñoso diminutivo.



Son días muy emocionantes, festivos. En mi niñez en un barrio popular de la Ciudad de México no los vivía con miedo. Era más bien una sensación lúdica, colmada de una intrigante expectativa y de la alegría de acompañar a mi mamá a los mercados que rebosaban de cempasúchil, nuestra típica y anaranjada flor de muertos; de puestos con calaveritas de chocolate, azúcar o amaranto; de panes de muertos que simulan tener los huesitos de los esqueletos; y de las elegantes catrinas impresas en papel, en piñatas, en tarjetas.


Mamá nos decía que, si no les poníamos altares, los muertitos se enojaban. "Les van a venir a jalar las patas en la noche", nos advertía. Lo mismo si se nos ocurría quitar una tortilla o una mandarina de su ofrenda. Porque se ve que a los muertitos mexicanos les gusta mucho jalar las patas. Son expertos.


Las noches del 1 y 2 de noviembre se parecían a las del Día de Reyes. Me daban ganas de desvelarme, de espiar la ofrenda para ver si de verdad llegaban los muertitos. Me preguntaba cómo sería descubrirlos con las manos en la masa. Más bien, en el mole, que era el platillo por excelencia en mi casa. Nunca me atreví.



Lo que sí hacía esos días era salir por el barrio con mis hermanos más chicos y nuestros amigos para preguntarles a los vecinos que pasaban: "¿Me da para mi calaverita?". Es decir, monedas que juntábamos en una calabaza de plástico y que luego gastábamos en dulces.


En los amaneceres del 2 y del 3 de noviembre me asomaba de inmediato a la ofrenda para fijarme si faltaba algo. Si el vaso de agua o el plato de arroz estaban semivacíos o si había menos naranjas me sobresaltaba. "¡Híjole, sí vinieron los muertitos!", pensaba con una mezcla de azoro y orgullo, porque gracias a la ofrenda los habíamos ayudado a volver por un rato a este mundo.

Homenaje



Vivir esas tradiciones en la infancia es enriquecedor. Aprendemos a reírnos de y con la muerte. A convivir con ella.


A disfrutar, por ejemplo, de las 'calaveritas literarias', esos poemas irreverentes que suelen publicar los diarios y que son epitafios burlones para los vivos. A admirar las imágenes de los panteones llenos de familias que transforman las lápidas de sus difuntos en mesas en las que colocan tortillas, frijoles, barbacoa, queso, chicharrón en salsa verde, tamales, carne asada.



Por supuesto, no faltan el tequila, el pulque y el mezcal, ni los mariachis contratados para cantar al pie de la tumba canciones como: "México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí...", o, al estilo Lila Downs: "soy reina del inframundo, mi corona es una lápida". En los sepulcros hay llanto, baile, nostalgia, dolor, alegría... todo junto. Como la vida misma.


Además, para espanto de muchas personas extranjeras, aprendemos a saludarnos con un: "¡Feliz día de muertos!".




Y así vamos creciendo. En la escuela nos enteramos de que estas costumbres tienen su origen en culturas prehispánicas que enterraban a los muertos con vasijas, cuchillos, objetos que habían usado en vida y un perro que, en el caso del imperio mexica, los ayuda a llegar a Mictlán, la tierra del inframundo. A diferencia del catolicismo, nuestros antepasados indígenas no pensaban en "el más allá" como premio o castigo, en un cielo o un infierno. Es, simplemente, otro lugar del que cada año los muertitos vuelven sedientos el 1 y 2 de noviembre.


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